viernes, 27 de marzo de 2020

NOVENO DIA DE CONFINAMIENTO

Así es amigos en esta tierra, la única tierra que tenemos y en este pedazo de tierra llamado Ecuador, no somos inmunes a la situación de la aldea global, vivimos nuestro noveno día de confinamiento, de los mismos que hago un recuento tomado de varias anotaciones realizadas para compartir con ustedes y ojalá con el mundo entero. Tenía claro que debía arreglar mis pocos libros en mi estudio, fue la oportunidad para encontrarme con viejos amigos, de los que me había alejado sin consideración alguna, por la vorágine y la velocidad con la que estaba llevando mi vida, a pesar de estar entrando ya a la tercera edad, que sorpresa, encontrar nuevamente a Leonardo Boff, a Marx, Heidegger, federico Anadahazi, Juan Manuel de Prada, Alice Munro, Miguel de Cervantes, Roberto Bolaño, Vila Matas, Antonio Skármeta, Thomas Linch, y una larga lista de viejos amigos con los que compartí de manera fugaz y veloz, los recuerdo con nostalgia, la nostalgia que me da el tiempo y de no haberlos podido digerir, de haberlos podido saborear como debía ser, desde la nostalgia he vuelto a retomarlos y ahora sí los disfruto los disfruto a plenitud, quizá vale la pena en confidencia confesarles que debería pedirles perdón por no haberlos tomado en serio y haberme dado el tiempo necesario para disfrutarlos a plenitud. (antes de irme encontré, no sé si con verguenza o con interés de comprender los viejos tiempos, las viejas vidas de mis abuelos, tuve un breve roce con Don Manuel Antonio Carreño y su Manual de Urbanidad y Buenas Maneras, sí, como lo escuchan, me encontré con el Manual de Carreño). He dejado de bañarme de manera frecuente (es decir, todos los días), porque mi velocidad y las tareas y atareas se impregnaban en mi cuerpo y transpiraban por los poros de mis células viejas, dejando un olor a muerte y necesitaba de manera frecuente antitranspirante, para que el olor a muerte se quede dentro y que aguante hasta el próximo baño, ahora huelo a ser humano, me huelo a mi mismo, este soy yo, ermitaño de barba crecida, desaliñado sin la necesidad de encontrarme con alguien, o con nadie, mi amigo el espejo no se queja de mis olores y mis desaliños, me mira asombrado y me devuelve la mirada, y me increpa, por fín te veo de cuerpo entero, por fín de veo con claridad, por fin te encuentro, ahora si me agrada darte mi hombro para que me llores tus soledades, pero que te reencuentres contigo mismo, que mucha falta te hacía desde hace años, esa carencia produjo dolores constantes de estómago, es el stress decía el doctor, parece que sí porque hasta esos dolores me han curado este confinamiento. Sí, ahora recuerdo haber vaciado los armarios de mi ropa, encontrarme con la vieja camiseta que disfrutaba ponerme cuando era joven, ahora me la puse, no saben lo suave, lo dulce que se siente, volver a la juventud a los viejos pasos, a los viejos recuerdos, a las viejas sensaciones, a los viejos amores, a los viejos tiempos, es rosada como el color del recuerdo mismo, color dulce entre rojo pasión, blanco pureza, niñez, infancia, ternura, todo eso es mi vieja camiseta, ahora que lo pienso, o lo pensaba, no debo sacar toda la basura un mismo día, quizá los vecinos se den cuenta de mi pereza saqueadora consumista metido también en el sistema, pero tengo ropa para largo, cosi algunos huecos, puse unos parches y ahora me siento nuevo con esa ropa vieja, que suena a plato delicioso cubano, "ropa vieja", no me recuerden, porque saben bien que estoy en confinamiento y no puedo salir a disfrutar un plato de ropa vieja. Lo maravilloso de todo este cuento es que en los nueve días apenas necesite un simple dólar para comprar pan para mi mascota, para mi amigo, para mi confidente, el Choco, que no deja la costumbre de comer el pan antes de servirse su propia comida, me mira y me increpa, después del pan todo, no me pidas que me engulla el alimento de perro no sin antes haber disfrutado del pedazo de manjar, del pedazo de pan, espero no volver a necesitar en mi tiempo de vida en el planeta esos pedazos de papel que inventó el ser humano para esclavizarnos y mantenernos en línea con sus lineamientos. Hice un recorrido por la alacena que queda justo a lado de la cocina, vieja alacena construida en el espacio sobrante del lugar que quedó bajo la grada que me lleva a los dormitorios, a propósito de dormir, me parece haberme dado cuenta que no tengo apuro en acostarme a dormir, así como de levantarme tarde, digo, ahora me levanto a las seis de la mañana, porque desde las cinco estoy despierto con el control en la mano escuchando-viendo noticias en el televisor que se encuentra en nuestro dormitorio. Regreso a la alacena y encuentro enlatados, granos secos, ese viejo arroz de cebada que tanto le gustaba a mi abuela, los limpio, los saco, los recupero, los acaricio y finalmente los llevo a la olla, para volver a disfrutar ese sabor olvidado, ese sabor que me recuerda el olor del campo, del campo de mis abuelos, del campo con olor a caballo y a vacas, olor a vertiente límpida, a vertiente mágica en la que habitan las ranas de oro, aquellas ranas mágicas que se aparecían solo en nuestras estructuras mentales infantiles, por decir de otra forma, en nuestras fantasías infantiles, recuerdo de aquellos olores a ceraturo, esa tierra mágica forjada con el agua de la vertiente que tenía una elasticidad también mágica porque nos permitía representar nuestros sueños para volverlos realidad, soñábamos con un mundo mágico de niños en los que podríamos moldear esas realidades duras, adversas como la separación de mi abuela para ir a la ciudad de regreso a la escuela, seguro, me estoy acabando en este noveno día los restos de la alacena, espero no volver a acumular comida que no vaya a consumir, acumular pensando que llega el fin del mundo, en reallidad llegó la peste, llegó el coronavirus para defender a su naturaleza muerta o moribundo por la inmutabilidad del ser humano, todavía nos afanamos de querer destruirla, en verdad ya no, ya nó daremos pasos en falso si logramos sobrevivir como especie humano a esta hecatombe dirían mis abuelos. Recuperé una harina vieja y estoy haciendo pan y estoy disfrutando de mis propias destrezas, habilidades culinarias, sí estoy haciendo pan, cuánta gana me da de tomar una foto y subir al facebook, (pero ahora recuerdo, no tengo facebook) tampoco tengo instagram, tampoco tengo twitter, en qué clase de mundo vivía, como es posible que viva sin facebook y sin tantas maravillas que me da el desarrollo, quizá tenga razón así no me contamino de las mentiras permanentes de la especie humana que trata de maquinar, que trata de manipular, que maneja nuestros pensamiento a través de las grandes mentiras inventadas. Son las doce de la noche tengo sueño y creo que me voy a dormir, pero, les prometo que continuaré compartiendo con ustedes mi confinamiento en tiempo de coronavirus, y les aseguro que me estoy acostumbrando a esta vida, a esta paz, ahora escucho el viento meciendo los árboles, ahora han regresado los pájaros a mi jardín, ahora ha vuelto la paz a mi espíritu, y no quiero regresar a esa locura llamada vida, en medio de un sistema injusto, consumista y sin sentido. Hasta mañana.

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